10.09.08
Y vivieron felices para siempre
Es un poco compartido ese cierto gusto amargo que dejan los finales felices; siempre entre la audiencia va a haber al menos una persona que despotrique contra la falta de realidad, el engaño, la falsa esperanza. Y ni que hablar cuando lo que estamos viendo es una película para chicos, donde el “vivieron felices para siempre” está elevado a su máxima potencia y el mundo es un lugar tan pero tan amable, bondadoso y puro que a veces hasta… a veces hasta queremos estar en él.
Estoy hilbanando la teoría un poco a priori de que cuánto más odiamos los finales felices, más es el verdadero anhelo que tenemos de ellos.
“Pf, estos son cosas para chicos” sale a declarar el adulto, que en posesión de todo su sano juicio, SABE que eso no es verdad, sabe que el mundo no es así, sabe que los prejuicios son tan fuertes que la chica linda nunca se enamoraría de la bestia o el rey jamás miraría a una sirvienta; el personaje malvado casi nunca termina perdiendo y un beso del príncipe azul no soluciona todos los problemas. El amor no dura para siempre, y ni siquiera quiere hacerlo. Lo sabe. Pero ¿y si quisiera no saberlo?
Cada vez que un final es feliz yo salgo al frente con el discurso adulto de “esto no es así”, algo de lo que estoy viendo no me cierra… y sin embargo no puedo evitar que el efecto “vivieron felices para siempre” me dure al menos un par de horas y el mundo me parezca fantástico, creo que todo puede pasar, que todo es posible…creo que el mundo ideal existe y hasta que es posible recorrerlo en una alfombra mágica…
¿Cuál es el precio que hay que pagar por aferrarse aunque sea a una puntita de una historia feliz y desearla, desearla con todas las fuerzas? ¿Es incredulidad?¿O es esperanza?¿Hay que promover el soñar o desestimarlo? Y por favor no me den la respuesta fácil de “por supuesto que hay que incentivar el soñar”, no, quiero buenos argumentos.
¿Es posible creer en cuentos de hadas?

