Buscame en la vida real
Ella iba caminando a su clase de guitarra. Era la primera y andaba toda revoloteada con la idea de que de sus manos salga un sonido tan increíble. Caminaba por las callecitas de un barrio iluminado por el sol de la tarde…amarillo, todo tenía esa tonalidad. Llega a un terreno de pastos verdes y abierto. En el fondo la fachada de una casa, una gran casa, bah, una mansión. Su clase no era ahí. Justo frente a esa casa había una casa rodante, gris, simpática. Hacia ahí se dirigía. Ella toca la puerta. Abre él. Saludos cordiales y amistosos a la vez, entrada en confianza, ruptura de hielo y esas cosas que suceden durante las primeras veces. Él agarra su guitarra, criolla, divina, clarita, curvosa. Ella lo sigue torpe, la mano acá, el dedo en la cuerda 1 y rasgido. Sonreían, la música, milenaria hacedora de sonrisas, acunaba el ambiente. De un momento a otro y sin previo aviso él se acerca a ella. La mira, se acerca más, sonríe con una sonrisa de duda, algo insegura, buscando respuesta. Ella lo mira e intenta mirarlo de verdad. Le gusta, siente algo en la panza, como una flor que se abre. Sus bocas se conocen, se recorren, se agradan…mucho. Aunque nadie tocaba ya la guitarra, podían sentirse aun las melodías en el aire…tal vez saliera de sus cuerpos, que bailaban.
Ella se queda con él. Avisa que no volverá de su clase de guitarra, encontró allí mucho más de lo que fue a buscar. Mucho más. Al poco tiempo de estar juntos aparecen dos chicos, chiquitines, una mujer y un varón , eran sus hijos. Se conocen todos, se presentan, ella está nerviosa pero los ve y le despiertan cariño, quiere jugar con ellos, arremangarse, arrodillarse y ser una princesa en un cuento de hadas galopando en su corcel. Pero se asusta. ¿Qué estaba pasando?¿Quien era él?¿Por qué sentía eso? Se va a caminar y las mismas calles que sintieron sus pasos cuando llegaba a la casa la escuchan caminar en círculo intentando entender, intentando escucharse y sentir al corazón hablando…amarillo, todo seguía amarillo.
Ella vuelve, él la mira, como no queriendo perderla, como queriendo abrazarla. Hablan. Él tampoco sabe qué le pasa pero la necesita cerca, cuando se fue a dar una vuelta se le estrujó el espíritu, se volvió su alimento, su energía, la quiere cerca, siempre. Ella entiende porque siente lo mismo. “Estamos destinados” sentencian. Y ya no se separan.
Pasan los días, días de sorpresas, de conocerse, de adorarse, días felices. Los chicos juegan con ella, con él , se divierten. Él la mira, como lo hizo desde esa primera vez en que le abrió la puerta, con esos ojos tan llenos de todo. La mira y le dice que quiere tener un hijo con ella, que iba a comprar una casa con sus ahorros y que podían vivir juntos allí, como la familia que ya eran. Ella no puede creer que pasó tan poco tiempo y todo eso le estaba pasando y lo que menos entiende es cómo algo que objetivamente le sonaría una locura le suena tan cuerdo, tenía que ser, lo sabía, lo amaba, quería todo con él.
De repente… suena el despertador con esa melodía que a ella le había dado por configurar hace unos días. Sonaba y sonaba. Ella no quería escucharlo, la imagen de él y sus palabras comenzaban a disolverse. No quería que se fuera, no quería despertarse, no quería. Cuando apenas podía vislumbrarlo, en ese último momento, ella lo abraza fuerte y le susurra “Por favor, buscame en la vida real”. Y se despierta.

buscalo en la vida real
Algunos sueños tienen tanto de real que a veces pasa un tiempo antes de que me de cuenta que se trataba efectivamente de un sueño, y que no había pasado en la vida real.
Igual me pregunto, ¿cuál es la vida real?